He decidido comenzar la novela con este acontecimiento porque me parece el punto de inflexión más importante en la vida de Diego, quien lleva veintidós años sirviendo al emperador en este momento crucial para su vida. Estamos en el año 1552. En julio de ese año se produce la rebelión en Siena, aprovechando que Diego, su capitán general, está fuera en viaje de vuelta de Roma, de donde también era embajador imperial. Después de perdida esta ciudad de la Toscana, el emperador le envía una carta con fecha de 20 de agosto de 1552 donde le ordena entrevistarse con él en Metz, ciudad del norte de Francia y que Carlos V tuvo asediada entre octubre de 1552 y enero de 1553 (ver Manuscrito.cao, artículo de Juan Varo Zafra, nota 33). A partir de este momento Diego cae en desgracia.

En un primer momento, Carlos V no quiere recibir a Diego y manda al Cardenal Granvela para que trate con él. Granvela le comunica que el emperador tiene el propósito de no utilizar a Diego en ningún cargo en Italia; además pretende que se contente sin más con la situación sin protestar. Por supuesto, esto no agrada al embajador, que quiere que don Carlos le declare a la cara las quejas que tiene contra él. También quiere que esté presente el Duque de Alba, uno de los émulos que han estado confabulando contra Diego con el propósito de echarlo de todos sus cargos en Italia; cosa que consiguen al final. Diego insiste hasta lograr que el emperador lo reciba. En esta entrevista nuestro protagonista le invita a que le imponga un castigo si cree que no le ha servido bien, pero que tenga en cuenta que él tiene, como caballero de familia principal, una reputación y una honra que él como rey tiene la obligación de defender.

Carlos V reconoce que la situación actual de Diego ha sido fruto de la malicia y de la maledicencia, pero que no puede hacer nada y que se ha de contentar. Esto es señal inequívoca de la mala predisposición del rey contra él. El emperador tiene en mente sobre todo los sucesos de Siena, de los que culpa a Diego. Esto lo hace para guardarse las espaldas y porque sabe que el verdadero responsable de ese desastre ha sido él al no mandar, a petición de Diego, el dinero suficiente para sustentar su embajada en Roma y el gobierno de Siena; así como le avisaba continuamente de las conjuras que se desarrollaban en la ciudad. Esta cuestión se la comunica Diego al emperador en la entrevista. También le comunica su resentimiento por el trato recibido después de tantos años a su servicio. Después de la entrevista el Cardenal Granvela le ofrece 10.000 escudos, cosa que Diego, en un principio rechaza, pues dice que no es su costumbre dejarse comprar. Sin embargo, el Cardenal le hace ver que si no acepta esto podría ser perjudicial para su casa. También le ofrecen la encomienda de la Casas de Calatrava, cosa a la que se aviene a regañadientes.

La sensación que tiene Diego en estos momentos es de que su señor, el emperador, le ha traicionado. Sale de Metz hacia España con resentimiento hacia Carlos V, cosa que le lleva a escribir una carta a su hijo, el Príncipe Felipe, buscando algo de comprensión, detallándole lo acontecido en la entrevista. El tiempo demostrará lo poco acertado que estuvo en este caso Diego, pues el futuro Felipe II redobló la inquina que le tuvo su padre.